15 de septiembre de 2008

El tren de las 00:30


Un día me escapé a la ciudad, había oído miles de leyendas, cuentos, historias de ella, pero jamás pensé que fuesen ciertas, jamás creí lo que oí hasta que lo ví. Aquello era otro mundo, en mi pueblo no se veían esas cosas, la gente te recibía con los brazos abiertos, te ofrecían de su mismo porrón e incluso te invitaban a sus casas, no podía creer que algo así existiese de verdad. Allí conocí a un niño como yo, un niño que me enseñó que de una almendra se puede sacar un ordenador, que siempre es bueno tener una palestina a mano o que atacar a tu enemigo no es siempre la mejor solución. Me demostró que siempre estaría ahí para echarme una mano y levantarme cuando me cayese al suelo, que confiaba en mí y que cada día me sorprendía más.
Me invitó a recorrer el país, junto a él ví amaneceres y puestas de sol, comí en los mejores restaurantes, ví bestias horribles de cerca, superé mis peores pesadillas, pesqué calamares en el mar, asaltamos castillos e invadimos trenes, corrimos para escaparnos y fuimos sigilosos para no llamar la atención.

Me curó, cuando me mordío un mosquisauro y me hizo reir cuando lloré, pero sobre todo, me gustaba por por ser simplemente él, porque era auténtico y no una burda imitación de mercadillo barato.

2 comentarios:

Nachete dijo...

Quiero una niña para mí...

Que bonito rous.

rous dijo...

Gracias

Sabes que pase lo que pase, y las tonterias que nos digamos, yo te quiero un montón nacho.